domingo, 22 de abril de 2018

Cuando no salgo de casa

Cuando no salgo de casa vuelvo a recoger mis sueños. Sueños que van desvaneciéndose con el pasar de los días, las semanas y los meses. Recuerdo que comencé a soñar hace tan solo tres años cuando conocí a Nastia: una chica rubia, delgada, sensible, excéntrica, intelectual y bailarina. No compartíamos las mismas costumbres ni mucho más; en realidad Nastia era de otro planeta. Y fue entonces que extrapolé mi ser cuando ella se convirtió en algo tan ajeno a las expansiones de la normalidad que mi disminuido y ridículamente involucionado cerebro tenía por decretado obedecer. 

Me enseñó a dudar y a no creer, a conocer y comenzar a saber. 
A comer manzanas partidas y picadas con azúcar.
A activar el ser humano que tenía dentro mío.
A caminar descalzo por la casa y tomar té cuando el amanecer nos despertaba
Y la noche nos acostaba.
A distinguir lo banal de lo enriquecedor,
a conocer de arte y su belleza.
A aceptarme como ser finito y comprender el infinito.
Un idioma distinto para una mujer sin comparación.

Nuestra relación terminó, pero Nastia me enseñó a soñar solo. Luego de tantos dramáticos episodios que marcarían nuestro historial como pareja, el amor entre nosotros, como seres humanos, quedó intacto. Lo sentí cuando nuestras miradas volvieron a cruzarse y cuando mis labios chocaron contra sus mejillas nuevamente después de tanto tiempo que no sentía la levedad de su ser tan contigua a mi. 

No sé si debí escribirlo antes y permitir tu lectura. Creo que lo mejor era que no. Luego de tu sorprendente pero respetado acto suicida, porque tu bien sabes que aprendí a comprenderte tanto que hasta logré leer en tus ojos las desesperadas intenciones que tenías por desprender el alma de tu cuerpo y navegar por aquellos recónditos y desconocidos horizontes del final de la vida, concebí que lo mejor para ti y para tus allegados más próximos era estar sola, tranquila y enmancipada. Sí, fui el causante del sufrimiento de la época más tormentosa de tu corta vida, y ahora para remediarlo, decidí imponerme el castigo de ya no volver a apoyar mi cabeza en tus hombros para buscar asilo. 

Decidí ya no volver a tocar la puerta de tu casa, quitarme los zapatos e ingresar como el conocido que siempre fui. 
No más extravíos dentro de la inmensidad de tus pardos ojos.
El amargo trago de ya no ser ser el portento de tus suspiros y pensamientos.
Perder la dicha de sentir, moldear y delinear tus finos y bien creados dedos blancos.
No volver a ser el reposo de aquella suave y delicada cabeza que buscaba el descanso más próximo.

Me alivia verte, saludarte y volver a sentir aquella renovada energía que envolvía a tu cuerpo hace mucho tiempo atrás. Cada vez que compartimos el mismo espacio no evito contemplar protagónicamente la belleza de tu honorable presencia. Ahora soy el guardián resilente; el que vela por conservar tu estabilidad desde la distancia y el eternamente agradecido.

A veces me gusta no salir de casa.